miércoles, 27 de julio de 2011

Globalización, interdependencia y bloques económicos regionales. Ernest Mandel

Globalización, interdependencia y bloques económicos regionales[*]
Ernest Mandel

I. La internacionalización de las fuerzas productivas es la tendencia fundamental del “capitalismo tardío”. Esas fuerzas productivas se rebelan cada vez más contra el Estado-nación. El desarrollo de sociedades multinacionales (transnacionales) como fuerza de organización predominante de la empresa capitalista contemporánea es la expresión más nítida de esa tendencia.
Sin embargo, en el marco del modo de producción capitalista que se vive, la internacionalización de las fuerzas productivas se traduce de manera particular; se acompaña de contradicciones insuperables en el contexto de ese régimen. Esas contradicciones se combinan con otras más viejas, inherentes al sistema, agudizando a las segundas.
1. El modo de producción capitalista se mantiene como un sistema que periódicamente produce crisis tanto económicas como político-sociales. En su período de declinación histórica, que comenzó con el siglo XX, tiende además a provocar graves crisis de legitimidad ideológica y moral. Todas esas crisis no se resuelven ni se reabsorben automáticamente. Tienen necesidad de instrumentos más o menos apropiados de regulación consciente, de shock absorbers. Tales instrumentos están esencialmente constituidos por el Estado y por diferentes instituciones paraestatales.
Con la creciente internacionalización de las fuerzas productivas, el Estado-nación se muestra cada vez menos capaz de jugar ese papel de manera eficaz. El único Estado que podría jugarlo adecuadamente sería un Estado mundial.
Pero ese Estado no existe; y vista la naturaleza del capitalismo fundado sobre la propiedad privada y la competencia, parece imposible que pueda existir jamás. La contradicción entre el Estado-nación y el capitalismo organizado internacionalmente tenderá entonces a aumentar. Simultáneamente, la capacidad del sistema para amortiguar las crisis se reducirá.
2. La internacionalización de las fuerzas productivas tiende hacia la globalización de viejos y nuevos problemas, es decir, hacia la imposibilidad de resolverlos en la escala nacional o incluso continental. Entre los viejos problemas, están ante todo los del subdesarrollo: el hambre, las epidemias, la guerra. Entre los nuevos, se ubican las catástrofes que amenazan con la destrucción física de la especie humana: las armas nucleares y la destrucción de la biosfera.
A pesar de una creciente toma de conciencia de esta globalización en los ámbitos burgueses y en las burocracias de Estado, el sistema es estructuralmente incapaz de dominar sus implicaciones. De ahí el agravamiento tendencial de esos problemas.
3. Las precondiciones políticas, morales e ideológicas para una solución de los problemas mencionados requieren de motivaciones para la acción que llamen a la construcción de una “nueva ciudadanía universal”: la cooperación y la solidaridad en una escala mundial. El compromiso personal o el de limitados grupos de vanguardia de todo tipo es sin duda importante en este sentido. Pero quedarse ahí es insuficiente. Lo que es indispensable es la toma de conciencia y el compromiso masivo de la economía y del Estado. Y en el mundo de hoy no hay otra fuerza con capacidad para esa tarea que la clase de los asalariados, definida ésta en un sentido amplio, es decir, todos y todas aquellos y aquellas que son económicamente obligados para vender su fuerza de trabajo (que en los países del Tercer Mundo incluye a los jornaleros agrícolas).
Ahora bien, ninguna clase social en la historia puede actuar con una motivación determinada si ésta no es acorde con sus intereses, tal como ella los entiende.
En la sociedad burguesa, que tiende a atomizar a los individuos, lo anterior presupone un mínimo de organización, conciencia y solidaridad colectivas. Por una serie de razones que se derivan de la historia real del movimiento obrero, del fracaso histórico de sus dos principales ramas: el estalinismo y la socialdemocracia, este movimiento atraviesa hoy una crisis extremadamente profunda que se puede resumir en la siguiente fórmula: crisis de credibilidad del proyecto socialista. Esto provoca un vacío ideológico y moral en el que penetran tendencias ideológicas reaccionarias, neoconservadoras, irracionales, mitificadoras, racistas, xenófobas e incluso profascistas. Los valores y motivaciones que transmiten van totalmente en contra de la necesidad de la “nueva ciudadanía universal”. Ellas tienden a hacer resurgir el nacionalismo más obtuso, el regionalismo, el localismo, la fragmentación extrema de los objetivos y de las preocupaciones. Todo esto agrava los peligros y el carácter explosivo de las contradicciones y de las crisis que el sistema produce y reproduce.
 
II. Pero si es imposible resolver los problemas de la globalización de los recursos y las crisis en el marco del capitalismo, esto no implica que ese sistema permanezca pasivo e inmutable con respecto a dicha problemática. Reacciona con un sentimiento de autodefensa. Se esfuerza por avanzar en la vía que se podría llamar de semisoluciones, de transformaciones parciales.
Así, frente a la creciente impotencia del Estado-nación como regulador de la vida económica, el gran capital se orienta hacia la creación de instrumentos supranacionales de regulación: los instrumentos continentales, como la Comunidad Económica Europea, o la coordinación internacional para la intervención económica, como los encuentros anuales del Grupo de los 7, o el reforzamiento del papel de ciertos organismos mundiales, como la ONU, el FMI, el Banco Mundial, etc.
Pero esas tentativas se realizan en el marco del sistema capitalista, con el predominio de los intereses del gran capital y de la dinámica infernal de la competencia (de la tendencia hacia el enriquecimiento privado) que prevalecen. Estos no pueden trascender sus características estructurales. Toman entonces formas específicas que tienden, de nuevo, a agregar a las contradicciones clásicas del sistema nuevas contradicciones.
De esta manera, los reagrupamientos continentales que emergen están dominados por la lógica de la competencia interimperialista. Europa, América del Norte, Asia del Este y del Sudeste, no son entidades geográficas que guarden armonía en su seno y entre ellas. Son zonas dominadas por el imperialismo alemán (o en el mejor de los casos por una alianza entre los imperialismos alemán y francés), por el imperialismo estadounidense y por el imperialismo japonés. Todos ellos sostienen entre sí una lucha de competencia, tanto más dura cuanto la depresión económica (la onda larga depresiva) se prolonga y se producen sucesivas recesiones (1973-74, 1980-82, 1991-2).
Dentro de esos agrupamientos regionales prosigue una áspera lucha de clases entre el capital y el trabajo, que se traduce, desde mediados de los años setenta, en una ofensiva mundial de la burguesía, apoyada en el aumento del desempleo y el temor que éste engendra, y también sostenida en la ofensiva ideológica neoliberal (realmente neoconservadora).
En la escala mundial, el papel creciente de organismos como el FMI y el Banco Mundial, que toman como pretexto para su injerencia el problema de la deuda, tiende a imponer a los países del Tercer Mundo medidas financieras, económicas y sociales que agravan la miseria y, por ende, el subdesarrollo, y que incrementan las distancias entre el Norte y el Sur; asimismo, tienden a legitimar la dominación imperialista sobre esos países.
Y decimos que toma como pretexto el problema de la deuda, porque el fenómeno del endeudamiento, de la “inflación del crédito”, es en sí mismo, el tipo de problema global que emerge del “capitalismo tardío”. El monto total de la deuda en dólares, sin tomar en cuenta la que se ha contratado en otras divisas, rebasa hoy la suma colosal de 10 trillones de dólares.
Los países del Tercer Mundo, que representan a la gran mayoría de habitantes del planeta, no son “responsables” más que del 15% de esa deuda. Y la palabra “responsables” no es, evidentemente, la más conveniente. La iniciativa de los préstamos proviene la mayoría de las veces de los bancos imperialistas. Y también hablar de “países” del Tercer Mundo en relación con esto es más que inapropiado. Son los gobiernos y las clases poseedoras de esos países quienes se han embolsado o han derrochado esos capitales. Son las masas trabajadoras quienes ahora están invitadas a reembolsarlo. ¿El resultado? Un proceso de pauperización terrible.
 
III. El diagnóstico sobrio y sombrío de las principales tendencias del desarrollo en la escala mundial se refuerza aún más con lo que pasa en el Este, donde la caída de las dictaduras estalinistas y postestalinistas no ha desembocado hasta el momento en el socialismo democrático y sí en una acentuada pauperización bajo el signo de la “economía de mercado” y de un inicio de privatización. Los efectos globales de este hundimiento tienden a agravar la crisis de credibilidad del socialismo; el sentimiento de que no hay más que la alternativa del “modelo capitalista” –el único que presenta un mínimo de eficacia, a pesar de sus daños– tiende a limitar en la práctica las posibilidades de que los gobiernos (o los candidatos o gobernantes) elijan una orientación económico-social en el Tercer Mundo.
Pero no debe concluirse que la situación es desesperante, que no hay salida a la crisis de la humanidad, que no hay posibilidades de una reacción eficaz en el camino de la “nueva ciudadanía universal” (que nosotros identificamos con el socialismo, sin que esto signifique un ultimátum. Todo mundo es libre de llamarlo como quiera. Y si las fuerzas sinceramente cristianas lo identifican con el mensaje del Sermón de la Montaña son libres de hacerlo).
Tal reacción, para ser eficaz, debe apoyarse sobre los intereses reales de las grandes masas y ser comprendida por ellas; si no, no será suficientemente masiva, continua, unitaria y eficaz. Cualquiera que sea la importancia de la educación, de la propaganda y de la contraofensiva ideológico-moral frente a la arrogancia pseudotriunfalista del neoconservadurismo elitista, con dinámica inhumana, apoyarse en los intereses materiales se mantiene más que nunca como indispensable.
El problema para una reacción eficaz contra las operaciones de las multinacionales resume en mucho las opciones y las posibilidades a las que la izquierda internacional se enfrenta.
Fundamentalmente, no hay más que dos posibilidades: una es que la izquierda acepte la lógica de la competencia nacional sobre el mercado mundial. En este caso, la izquierda sustituye la solidaridad con su propio patrón. Si elige esa vía, deberá aceptar las políticas de austeridad y de reducción de los gastos sociales. Entonces, quedará enganchada a una espiral descendiente sin fin.
Esto es así porque las multinacionales encuentran siempre un país en donde los salarios sean más bajos y los asalariados más dóciles y ejercerán siempre el chantaje de la reubicación de la industria, para arrancar por todos lados reducciones del nivel de vida de los asalariados y las asalariadas. Y las justificaciones ideológicas de esta solidaridad “nacional” son extremadamente peligrosas: es culpa de los “japoneses”, es culpa de los “árabes”, etc., mientras que, en realidad, es culpa del capital y de la lógica de la ganancia.
La segunda vía es que la izquierda opte por una solidaridad internacional de los asalariados y las asalariadas y de todos los explotados y explotadas. En ese caso, ella opone a las maniobras de las multinacionales la acción concertada para elevar los salarios más bajos, para combatir en todos lados el desempleo. Así, se compromete en una espiral ascendiente de los salarios y de las condiciones de trabajo, en lugar de aceptar la espiral contraria.
Tal acción concertada no implica para nada que la actual división internacional del trabajo heredada del colonialismo y consolidada por el imperialismo se mantenga. Implica que esa injusta división del trabajo sea superada gracias a otro modelo de desarrollo fundado no sobre la exportación de “ventajas” de los bajos salarios y la miseria, sino en el desarrollo del mercado interno (y regional) de los países del Tercer Mundo.
No es fácil construir un movimiento masivo en esta vía, no sólo por la presencia del conservadurismo en la mayoría de las direcciones sindicales y en partidos de izquierda de todo el mundo, sino también por los numerosos prejuicios y mitos de origen burgués que tienen gran peso dentro de las masas trabajadoras de muchos países. Sin embargo, es posible empezar a dar pasos en ese sentido, ante todo contra determinadas multinacionales (por ejemplo, las automotrices, en la industria eléctrica, en la industria química) que tienen sus centros de producción en numerosos países. Una reacción militante contra todo ataque a los salarios, al empleo, a las libertades sindicales en cualquiera de sus sucursales es de interés común para dos los asalariados que trabajen en esos trusts. Delegaciones sindicales militantes ya han comenzado a actuar bajo esta óptica. Esas iniciativas deben extenderse y convertirse en verdaderos reflejos condicionados.
En el clima económico y social que prevalece actualmente, la reconquista de los valores de la solidaridad como base material/materialista de la “nueva ciudadanía universal” no puede dirigirse solamente y de manera prioritaria a los asalariados y las asalariadas empleados y empleadas por las multinacionales. Debe dirigirse a todas las víctimas de la sobrexplotación: las mujeres, los desempleados, los marginados, los campesinos pobres, los inmigrantes. Ante la tentativa que apunta la ofensiva del gran capital de fragmentar la respuesta de sus víctimas, la izquierda debe oponer un esfuerzo por unificar los combates: combates contra la austeridad y la miseria, pero también por el respeto universal de los derechos del hombre y la mujer; combate contra el militarismo, combate ecológico, combate por las libertades democráticas, combate por la democratización de las decisiones económicas, combate contra las estructuras jerárquicas y autoritarias en la economía y en el Estado.
La izquierda, el socialismo revitalizado, será pluralista, democrático, autogestionario, feminista, ecologista, radicalmente pacifista, antimilitarista, internacionalista y tercermundista o no será.
 
IV. Una de las lecciones principales que se desprende del fracaso del estalisnismo y que explica también la crisis creciente de la socialdemocracia es la quiebra histórica de toda tentativa de querer resolver la cuestión social con el sustitucionismo, la tentativa de querer restituir la felicidad a los pueblos y a las masas a pesar de ellas mismas. Esta tentación puede ser resultado del dogmatismo y de la pseudo-realpolitk. Pero a la larga siempre se demuestra ineficaz. Es forzosamente contraria a los principios básicos del socialismo, según los cuales la emancipación de los trabajadores y las trabajadoras no puede ser obra más que de ellos y ellas mismas. Los Estados, los gobiernos, los partidos, los sindicatos pueden ser instrumentos indispensables de esta autoemancipación. Pero no pueden jamás sustituir a los trabajadores y a las trabajadoras.
La emancipación humana es una obra de largo plazo y de una inmensa complejidad. No existe ningún manual que pueda prever todas sus etapas. A pesar de la fuerza científica del marxismo, no basta remitirse a él y poder pensar que es infalible. Todos los partidos, gobiernos y dirigentes de izquierda han cometido graves errores. El problema no es evitarlos –lo que es imposible– sino reducir su amplitud y corregirlos lo más rápidamente posible.
Las masas pueden equivocarse y se equivocan frecuentemente. La vanguardia tiene el derecho y el deber de mostrar esos errores. Pero no tiene el derecho de buscar impedirlos a través de medidas administrativas ni represivas. La dialéctica del desarrollo de la conciencia de clase incluye el derecho a esa autonomía de las masas.
Insistir sobre la indispensable dimensión democrática y pluralista de la acción de la izquierda socialista y sobre el hecho de que ella asuma la defensa de la actuación autónoma y de la autoorganización de las masas permite comprender el porqué del fracaso del estalinismo y de la socialdemocracia para poder desembocar en una contraofensiva de izquierda frente a la ofensiva del neoconservadurismo pseudoliberal.
En el mundo actual, caracterizado por divisiones y contradicciones sociales y económicas cada vez más explosivas, la burguesía es incapaz de priorizar el respeto universal de los derechos del hombre y la mujer. Es incapaz de tolerar el derecho de las masas a rechazar los “imperativos del mercado” (en realidad de la ganancia) como ella rechaza la “economía de mando”.
Sólo el socialismo democrático puede asegurar el derecho de las masas a decidir, libre y democráticamente, el modelo de sociedad y economía.
Podemos combatir porque en América Latina se viva como en las metrópolis, lo que significa: asegurar prioritariamente la satisfacción de algunas necesidades básicas, que nadie pase hambre, que no haya más niños que mueren de enfermedades curables, que no haya más gente sin vivienda, que el analfabetismo desaparezca, que el desempleo sea abatido de tajo. Este es un formidable boomerang contra el capital internacional. Es una batalla que podemos ganar. Contra el despotismo de Estado y el despotismo del mercado, por la soberanía democrática de las masas.
¿Esta batalla se contrapone a las exigencias de eficacia económica? No lo creemos.
Uno de los problemas globales con los que la humanidad se enfrenta es el de la aplicación racional (principalmente, respetando los imperativos ecológicos) de la tecnología de punta. Los productores y productoras libremente asociados podrían transformarse en verdaderos empresarios creadores, a condición de probar en la práctica que ellos y ellas gozan realmente de los frutos de sus esfuerzos. La dignidad y la libertad humana deben prevalecer antes que la eficiencia económica.
(Aparecido en Inprecor A.L. N° 23, julio de 1992)
Nota:
[*] Ernest Mandel, "Globalización, interdependencia y bloques económicos regionales ", en El Cielo por Asalto Nº 5, Buenos Aires, otoño de 1993.

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